Estas memorias o recuerdos desde mi infancia hasta esta larga vida que Dios me ha concedido, son hechas a pedido de mis queridos sobrinos, hijos ere mi querido hermano Moyses, así como de toda la familia. Lo hago con gusto, pero a condición de que esto no sea publicado, solamente quedará en recuerdo de mi vida y entre la familia. Ante todo, debo agradecer al Todo Poderoso que me ha librado de muchos peligros, y me ha concedido bienes terrenales que gracias a Él nunca me ha faltado todo lo necesario para una vida holgada y tranquila. Asimismo, mis agradecimientos a mi querida cuñada Alegrina y a mis queridos sobrinos, hijos de mi inolvidable y entrañable hermano Moyses, quienes me han colmado de muchos bienes, recursos y cariños con una generosidad que solo se procede así de buen hijo a un padre. Gracias les sean dadas y que Dios les bendiga y los conceda toda la felicidad que ellos desean.
Nací en Tánger, el 27 de diciembre de 1862. He tenido padres cariñosos y modestos. Mi padre un modesto artesano sastre que trabajaba con ahinco para mantener a una numerosa familia. Y a pesar de su modestia, por su bondad y honradez, ha conseguido atraerse el cariño y la amistad de las personas más salientes de la población. Recuerdo muy bien el día que ingres é en la escuela de la Alianza para aprender las primeras letras a la edad de 6 años. Muy aplicado y constante a la escuela, que fuera modestia, a la edad de 9 a 10 años era yo un alumno aventajado que todos mis profesores apreciaban y eso me animaba a ser más aplicado en mis estudios. Aunque los estudios no eran tan profundos como se practican hoy, aprendimos todo lo necesario para nuestra vida futura. En hebreo yo era uno de los muchachos más adelantados y a los 12 o 13 años he tenido la suerte de ser alumno del Reverendo y Santo Varón Rebí Moses Toledano Q.E.P.D. A los 13 años mi profesor de inglés, Señor Moses Haim Nahón me puso de ayudante suyo, sea “teacher” para enseñar una clase de 30 a 40 muchachos, para enseñarles un poco de matemáticas, español etc., por lo cual percibía 2 Duros mensuales. Esta clase la tuve durante 2 o 3 años. Esta es la vida simple y sencilla que he llevado hasta la edad de 16 años que principia mi odisea por América del Sur.
Prefacio:
Debo hacer constar y bajo mi palabra de honor que todas las narraciones que leerán en estas memorias son todas verdaderas y de toda exactitud, aunque algunas de ellas parezcan exageradas.
En 1864, partió para el Brasil, mi tío Abraham Serfaty, hermano de mi madre, en un velero que echó 3 a 4 meses para llegar al Pará. Asimismo, Elías, su hermano, 2 años después siguió el mismo rumbo marchándose al Pará. Ambos a buscarse la vida, trabajando y pasaron duras penas durante 12 años, para conseguir un pequeño peculio de más o menos 3.000 duros cada uno. Regresando a esta en 1877. Eran jóvenes solteros, aquí se casaron. Y durante 2 años de malos negocios y gastos se les acabó su pequeña fortuna. Entonces pensaron otra vez en regresar al Pará, donde tenían ya muchos conocimientos y alguna práctica de los negocios de esas regiones. El primero en marcharse fue mi querido tío Elías con su mujer, y marchóse con él mi amado y muy querido hermano Moyses, que a esa fecha tenía 18 años de edad y que estaba empleado en las oficinas de los señores M. Y. Benassayag, ganando una modesta renta de 4 o 5 duros mensuales. Mis queridos padres le mandaron a pesar de su corta edad con mucha alegría porque Elías era una buena persona, cariñosa y bondadosa, estando seguros que en su compañía estaría tratado como un hijo. Se embarcaron de ésta el 1° de enero de 1879 en un vaporcito muy chico que se llamaba “James Haynes” con rumbo a Lisboa, para de ahí tomar un vapor que los condujese al Pará. Mi pobre tío Elías no llevaba medios para pagarse los pasajes de Lisboa al Pará, que para ellos 3 necesitaban por lo menos 50 £, las que no tenían. De Lisboa escribió a sus antiguos corresponsales B. R. de Andrada y Cunha con quienes tanto él como Abraham mi tío, habían negociado en su anterior viaje y cumplido honradamente todos sus compromisos, que le mandase a Lisboa el dinero necesario para poder embarcarse al Pará.
En esa época las comunicaciones eran tan difíciles y los vapores tan raros que tuvo que esperar casi 3 meses para recibir el dinero pedido. Entre tanto en Lisboa pasó muchos apuros pidiendo dinero prestado a Moses Benchimol, para poder sostenerse con mucha miseria todo el tiempo. Hasta que por fín llegó el dinero de Pará. Después de haber pagado lo que se debía, se embarcaron para el Pará. Durante el tiempo que estuvieron en Lisboa, como Moyses mi hermano sufría de una fistula, aprovechó ese tiempo y le hizo ingresar en el hospital de San Luis, donde le operaron y salió completamente curado de esa dolencia. Abraham mi tío, casado también, (con Maknin, hermana de Sra. Hola Abensur) , y con un hijo de un año, cuando se le acabaron los recursos que tenían, pensó también de marcharse al Pará a buscarse nuevamente la vida con su trabajo.
Yo que tenía 16 años de edad en esa fecha, rogué a mi tío que me llevara también con él. Tanto él como mis queridos padres aceptaron mi pedido. El 16 de mayo (día de viernes) del mismo año 1879 que se marché mi hermano Moyses, nos embarcamos en el vapor “Cynthia”, con rumbo a Lisboa. Este era un vaporcito de carga de más o menos 200 toneladas, que llevaba de aquí ganado para Lisboa. No teniendo camarote nos hemos instalado encima de cubierta, al lado del ganado, donde hemos puesto un colchón que llevábamos, ahí pasamos las 2 noches hasta llegar a Lisboa.
Describir la escena de mis queridos padres al despedirse de mí en el puerto sería muy doloroso, al ver criaturas tan jóvenes como mi hermano y yo, embarcarse para países tan lejanos, que ni ellos ni nosotros conocíamos ni por tradición, pero confiados en la Providencia que siempre nos ha amparado y la bondad de esos tíos, es que resolvieron a dejarnos marchar. Pues mi padre era un hombre muy entero y enérgico, y sabía sofocar su cariño con el fín de que nos hiciéramos un porvenir, puesto que, en Tánger, donde reinaba tanta miseria y escasez, no podíamos nunca hacernos una situación.
La escasez de dinero, no me permitía llevar conmigo casi ninguna ropa, para tan largo viaje, y apenas tenía 2 chaquetas y 2 pantalones de dril pardo y unas sandalias. Mi equipaje consistía en una maleta que compré por 4 reales en un baratillo de Tánger, y ahí puse una chaqueta y un pantalón de los dos que llevaba, con algunas cositas más. En esto consistía todo mi equipaje, con 4 reales en el bolsillo, y al embarcarme se cayó al agua la maletita y se mojé todo lo que contenía.
Llegamos a Lisboa el domingo 18 de Mayo, adonde hemos encontrado a Jacob Serfaty, mi tío, hermano de mi tío Abraham, quien estaba siempre en Lisboa y en España vendiendo baratijas por las ferias. Nos fuimos directamente a la Rua de San Pablo n° 90, donde vivía el señor Moses Benchimol en el tercer piso de dicha casa. Allí alquilamos 2 cuartitos en el quinto piso entretecho, y nos acomodamos allí a esperar también dinero que pidió mi tío a sus corresponsales en Pará, los mismos de tío Elías arriba mencionados. A mi tío Abraham no le quedaban más recursos que unas 200 pesetas por toda fortuna. En Lisboa pasamos muchas miserias y estrecheces, esperando el dinero que llegara del Pará para poder embarcarnos. Pasamos en Lisboa más de 2 meses en esta situación. Yo tuve necesidad de vender uno de los 2 trajes que llevaba, a un tal Haim Cohén de Tetuán, que también él iba a embarcar con nosotros al Pará: obtuve 2 duros por dicho traje. Finalmente llegó el dinero del Pará, y nos embarcamos en el vapor ” Lanfrank ” que era un vapor de unas 500 toneladas, viejo y sin ninguna clase de comodidad, sea un vapor de carga.
Abraham mi tío y su mujer tomaron pasaje de tercera clase con derecho de estar en primera clase para cuidar a la criatura. No me dieron camarote, pero podía dormir sea en el comedor o en el salón. Cuando acababan de comer los pasajeros de primera, comía yo con los camareros; allí a bordo Gracias a Dios me lo pasé bien de comer, después de tantas privaciones pasadas en Lisboa.
Echamos más de 20 días desde Lisboa a Pará. Finalmente llegamos al puerto del Pará con la alegría que es de suponer después de un viaje tan largo por el océano. Desembarcamos y nos dirigimos a la casa, donde vivía Elías con su mujer y Moyses mi hermano. La alegría de vernos juntos fue muy grande. Al llegar nos enteramos que a mi querido Moyses le habían atacado las fiebres amarillas y estuvo en peligro de vida con vómitos negros, que los médicos ya no esperaban salvarle. Gracias a la Providencia se salvó de ese peligro y le encontré de inmejorable salud. En esa época reinaba en Pará las fiebres amarillas con mucha fuerza, hoy Gracias a Dios ya no existen, que eran el azote de los extranjeros que llegaban a esos países. Yo con mi juventud é ignorancia casi me atacan las mismas fiebres, puesto que cometí la imprudencia de comprar una fruta de una tienda vecina de casa el segundo día de mi llegada al Pará, cuya fruta que se llama “Mango” y que es un verdadero veneno para extranjeros. El mismo día de haberla comido me atacaron unas fiebres tan fuertes que mi pobre hermano y mis queridos tíos se pusieron locos al enterarse de la fruta que había comido. Me dieron un fuerte purgante de aceite de ricino y Gracias a Dios fue cediendo la fiebre hasta que en pocos días me puse bueno.
Mi querido hermano como tenía alguna ropa me dio alguno de sus trajes y de esa manera ya estaba un poco más decentemente vestido. Mis tíos Abraham y Elías como estuvieron en el Brasil anteriormente trabajando, cada uno de ellos trabajaba por su cuenta en regiones muy lejanas del Amazonas y casi no se vieron durante 11 a 12 años que estuvieron en el Brasil. Al encontrarse ahora juntos en el Pará, formaron una sociedad entre ellos bajo la firma Serfaty Irmaö. Allí en Pará nos quedamos más de un mes hasta que ellos compraron mercancías por valor de más o menos 200 Libras que sus antiguos corresponsales les dieron a crédito.
Escogieron como residencia una poblacioncita muy distante del Pará, como 1500 millas arriba en el Amazonas, y que se llama “Teffé”. Embarcamos nosotros y los géneros en el vaporcito que se llamaba “Augusto”; la noche antes de salir del puerto del Pará, ya estando todos nosotros a bordo y al punto de salir el vapor, hubo una gran alarma abordo, que el vapor se hundía porque se llenó casi todo de agua por una válvula de la máquina que dejaron abierta y pidió auxilio. Y felizmente se pudo agotar el agua y Gracias que nuestras mercancías que estaban en otra bodega no se mojaron. Hemos navegado por unos 25 días desde Pará hasta nuestra llegada a Teffé, haciendo escala en muchos pueblecitos que se encontraban en el camino, tales como “Santaren”, “Ovidus”, “Coary”, etc., para descargar la mercancía que llevaba a dichos puntos. Me acuerdo con placer que en el puerto de “Coary”, donde permanecimos durante un día y que está situado dentro de un lago, no sé de qué manera hemos conseguido unos anzuelos y una cuerda, y era tal abundancia de pescado en ese lago que sin esfuerzo y sin experiencia entre mi hermano Moyses y yo hemos pescado 16 “tambaquis” que pesa cada uno de ellos de 10 a 12 kilos y que es muy parecido al mero de aquí, tanto en forma, color, y carne, a punto que se nos hicieron heridas en las manos de tanto esfuerzo al tirar de las cuerdas. Todos esos pescados se los dimos al dispensero de abordo y puedo asegurar que no hemos probado ni un pedacito de esa pesca pues íbamos en tercera clase, abordo y los prepara para los de primera. Abordo iba como pasajero un señor ya establecido en Teffé, que se llamaba Abraham Elazar, una persona muy buena y que nos daba muchos datos sobre el lugar adonde nos dirigíamos. Finalmente llegamos al puerto de Teffé, lugar muy pintoresco dentro de un inmenso lago tan extenso como de Tánger a Tarifa de anchura. “Teffé “, una aldea de unas 15 a 20 casas cubiertas de paja y unas 4 o 5 casas cubiertas de tejas, que esas casas aparentaban como palacios al lado de esas chozas tan miserables. De habitantes había mas o menos 250 a 300 indios mestizos y algunas personas civilizadas. Establecido allí entre ellos, la familia del señor Shelomó Levy, hijo de Gibraltar, primo de Mamá Hana, Doña Tomasia su mujer y su hijo Yuyu; también el señor León Barchilón y su señora, éstos eran los judíos allí establecidos con el amigo Abraham Elazar que vino con nosotros en el vapor. Como no teníamos casa, los géneros que traíamos fueron desembarcados en la playa y dejados ahí en la intemperie. Mis tíos se dirigieron enseguida a la casa del señor Shelomó Levy, persona muy honorable, buena, muy distinguido, que nos buscó una casa donde nos alojamos. Esa noche me quedé cuidando los géneros hasta que el día siguiente los hubimos transportado a la casa. Entre tanto que arreglábamos la casa comíamos siempre en casa de Shelomó Levy que nos acogió con mucha alegría y nos facilitó todo cuanto necesitábamos para establecernos.
Teffé es una poblacioncita de pescadores y de recogedores de coco que abundan mucho en los bosques de ese lago, son gente muy pacífica y siempre hemos vivido en tranquilidad y armonía con ellos.
Los negocios de allí consistían en venta de mercancías a cambio de goma elástica, muchos cocos, zarzaparrilla, pescado salado, vainilla, aceites de cupaiva extraída de los árboles de esa región, y que es un medicamento, muy eficaz para ciertas enfermedades. Todos estos géneros reunidos los remitíamos a nuestros corresponsales en Pará, quienes lo vendían y nos lo abonaban en cuenta. La vida tranquila y pacífica se pasaba allí sin ninguna clase de incidencias y la manutención casi toda no costaba nada.
Pocos días después de establecidos mis tíos, compraron una canoa y mandaron hacer en ella un toldo de hojas de palma, se alquiló a los indios remeros, pusieron en ella un poco de mercancía valoradas por valor más o menos de 50 £’, y mandaron a Moyses mi hermano en ella para que andará por esos ríos a “regatear”. “Regatear” significa navegar en una canoa por cualquiera de esos ríos, lagos, etc., y hacer negocios con todos los dueños de chozas que se encuentran en las márgenes de los ríos, comprándoles los géneros que ellos tienen, a cambio de mercancías que llevaba en la canoa. Sín ninguna clase de experiencia ni costumbre para todo esto, allá siguió mi hermano a la buena de Dios en estas aventuras; 15 a 20 días quedó ausente de Teffé y regresó haciendo unos pequeños negocios, que dio satisfacción a mis tíos. De esta manera fue acostumbrándose durante algunos meses haciendo esos viajitos y de cada vez aumentando un poco los negocios. Algunas semanas después, me tocó a mí hacer lo mismo que mi hermano. Otra canoa, otros viajitos, etc. A los 6 meses de estar en Teffé y acostumbrados ya a estos pequeños viajes, resolvieron mandarnos en una canoa más grande para ir más lejos con más mercancías. Moyses mi hermano se dirigió al río “Javari”, embarcándose en un vaporcito y llevando la canoa a remolque del vapor, con sus mercancías dentro del buque.
El río Javari dista de Teffé como 10 a 12 días a vapor. Una vez llegado a dicho río le entregaron su canoa y sus mercancías y se queda en ese río subiendo y bajando, durante más o menos 6 meses que dura la cosecha de goma y que es el único producto que se trabaja en ese río. Cuando la mercancía se agotaba pedía a Teffé nuevos géneros y al mismo tiempo remitía la goma que compraba. Acabada la cosecha de goma volvía a Teffé desde el Javarí a remo de su canoa y aprovechaba para hacer negocios con todos los que estaban en las margenes del Amazonas. Este viaje de bajada desde el Javarí a Teffé duraba muchas veces de 20 a 30 días.
A mí me dieron otra canoa con otros géneros y me mandaron a remolque de otro vapor en las mismas condiciones que mi hermano, pero a un destino diferente, o sea el alto Amazonas, en la frontera de Brasil con el Perú, en un punto que se llama “Tabatinga”. Desembarqué con mi canoa y mis géneros que acomodé todos en mi canoa y desde allí fui bajando el río Amazonas y haciendo mis pequeños negocios con todos los indios que encontraba establecidos en sus chozas en las márgenes del Amazonas hasta regresar a Teffé; este viaje mío duró casi 2 meses y lo hice de nuevo 2 o 3 veces hasta principios de 1880, y cuando se acabó la cosecha de goma de ese año.
Describir la alegría que hemos tenido mi hermano y yo de encontrarnos nuevamente en Teffé, después de 6 o 7 meses de esos viajes que no nos habíamos visto, fue muy grande. Gracias a Dios a pesar de nuestra falta de experiencia de esa clase de vida, de esos viajes tan accidentados, de tantas incidencias que nos pasaban con toda clase de peligros en los bosques impenetrables con tanta clase de fieras en dichos bosques, tantos peligros en los ríos, etc. Estos pequeñitos negocios que hicimos dieron algún resultado y nuestros tíos quedaron muy contentos de estos.
El año 1880 entre febrero y abril descansamos en Teffé, calafateamos y pintamos nuestra canoa para prepararnos hacer los negocios de la nueva cosecha de goma que principia desde Mayo a Diciembre; ya algo prácticos en esta nueva vida emprendimos ya negocios más importantes para dirigirnos a ríos más lejanos para hacer los negocios de goma. Mi hermano llevó su canoa a remolque de un vapor con bastante mercancía y se dirigió al río Jurua. Río distante de Teffé como un mes de viaje a vapor. En dicho río le entregaron su canoa y sus mercancías, y allí se quedó durante 6 o 7 meses subiendo y bajando en su canoa en dicho río, y haciendo sus negocios con todos los moradores del río.
Yo hice lo mismo y me dirigí a otro río llamado Javarí y allí también me quedé practicando el mismo negocio.
Mi hermano y yo nos quedamos sin vernos todo ese tiempo hasta que nos encontramos en Teffé, acabada la cosecha de goma.
Para estos viajes mis tíos nos entregaron mercancías por valor de algunos cientos de Libras en sociedad, para darles a ellos la mitad de los beneficios.
Nuestra alegría no se puede describir cuando hicimos la primera remesa de dinero a nuestros padres en Tánger. Consistiendo en unas 4 £’ y así sucesivamente, cada pascua los remitíamos tanto a mi padre como a mi madre 3 o 4 £ para cada uno. Más tarde los establecimos una renta por medio de nuestros tíos de 2 £ mensuales a mi madre y 5 £ para mi padre, y cada 3 o 4 meses recibíamos sus cartas y los escribíamos desde esas lejanas tierras, y es de considerar con qué alegría recibían ellos y nosotros dichas cartas. En estos viajes nos sucedían muchas incidencias y peligros en los bosques y en los ríos; narraré sucesivamente algunas de estas incidencias a la vez y en su debido tiempo.
No por estar tan lejos hemos olvidado la religión de nuestros padres y al salir de Tánger cada uno de nosotros llevaba consigo el libro de Kippur para celebrar ese día como es debido, y antes de salir de Teffé para cualquier viaje apuntábamos la fecha de ese Santo día para celebrarlo en cualquier parte donde nos encontráramos. Muchas veces, aunque estuviéramos distantes mi hermano y yo dos o tres meses, cuando andábamos juntos en el río Jurua cada uno en su canoa, nos escribíamos y combinábamos con anterioridad para encontrarnos dos o tres días antes de Kippur para celebrarlo juntos. Entonces construíamos una pequeña choza con nuestros remeros en un lugar aislado del bosque y allí celebrábamos la noche y el día de Kippur. Encendíamos unas hogueras que alimentaban toda la noche nuestros remeros para ahuyentar las fieras y víboras que podían aproximarse. Poníamos de guardia a los remeros, cada uno con su rifle “Winchester” para en el caso fortuito de disparar al acercarse cualquier fiera a nosotros. Las dos canoas amarradas a la margen del río. En una ocasión una noche de Kippur nuestros “peones” mataron a un tigre cerca de nuestra chocita; no por eso dejamos de seguir nuestras oraciones.
En Tánger tenía yo un amigo de infancia, hijo de Rebí Yehoshúa Toledano, una persona muy buena, muy religiosa, padre de la señora Gimol Toledano, casada con Jacob Nahón; este joven de mi edad, hermano de la señora Gimol Toledano, deseaba irse conmigo al Brasil cuando salí de Tánger, y su padre no quería que se marchase. Antes de salir de Tánger me llamó un día a su casa, y me rogó mucho que no le animase a hacer ese viaje que le prometí y no se marchó conmigo. Un año más tarde, en 1880, estando yo en “Javary” le veo venirse en un vapor, y se vino conmigo en mi canoa. Una gran alegría me causó tener una persona tan querida en un río tan lejano, deseoso de ver y estar al lado de un ser tan conocido. Este joven se llamaba Mimón Toledano; allí en el Brasil le llamábamos Mauricio. Conmigo estuvo unos 2 años y tuve una pena muy grande porque se enfermó y tuvo que irse a Teffé donde falleció.
Al mes de su llegada al Javary nos hemos dirigido víspera del Kippur a un barradón desocupado que había en la margen del río, y allí con una velita encendía dirigimos nuestras oraciones; en medio de ellas oímos gritos de nuestros peones, que cerrásemos la puerta, y oímos varios tiros, y después nuestros peones nos gritaron que abriéramos la puerta y encontramos un enorme tigre a la puerta, matado por nuestros peones.
La cosecha de goma acababa en el río Javary; tenía que dirigirme yo a Teffé, la cosecha acababa en enero y principiaba generalmente en Julio.
El río Javary es frontera con el Perú; a la margen izquierda pertenece al Perú y la derecha al Brasil. Es un río no muy ancho de más o menos 250 metros, pero muy profundo hasta una distancia de más o menos 800 millas. De allí se divide el río en 3 partes: el río Tarahuaca, río Envira y el Javary por supuesto. Ríos que no son muy profundos, pero sí muy largos. El río Envira atraviesa una parte del Perú y del Ecuador, en un punto llamado Nazareth, zona peruana.
Estaba atracado con mi canoa cuando apreció un vaporcito que venía del Pará y se dirigía a Iquitos, haciendo escala en todos los puntos del trayecto. Cansado de la vida de una campaña de 6 o 7 meses dentro de una canoa, me quise dar unos días de descanso embarcándome en ese vapor para dirigirme a Iquitos, aldea peruana, y que dista de la embarcadura del Javary más o menos 5 días de navegación del vapor. Dejé mi canoa en ese punto de Nazareth para que me esperasen a mi regreso y seguí ese viaje como “turista”.
Un día después de la salida del río Javary llegamos a un lugar llamado Tabatinga, fortaleza brasilera, limítrofe con el Perú. Esa “fortaleza” que está en la margen del Amazonas tenía 4 soldados por guarnición, y un comandante, 2 cañones de épocas remotas, y en eso consistía la fortaleza de Tabatinga.
Forzosamente el vapor tiene que hacer escala allí, para tomar permiso, para poder seguir para el Perú.
Como el vapor hacía noche allá para seguir al día siguiente por la mañana, desembarqué en dicho puerto para dar un paseíto por el pueblo. El pueblo consistía en una barraca para el comandante, otra para los cuatro soldados y otra donde me encontré con toda sorpresa a ese tal Haim Nahón de Tetuán, a quién en Lisboa, el año anterior había yo vendido el traje de dril. No fue poca sorpresa para ambos de vernos en un lugar tan lejano del mundo. Allí estaba ese hombre establecido con una tiendecita y hacía negocios con los pescadores y caucheros que pasaban por esas alturas. Me obsequió ese señor con una lata de sardinas que comimos entre los dos, con un poco de fariña.
Me rogó que pasara la noche con él, puesto que el vapor saldría al día siguiente por la mañana. Me amarré una hamaca y allí pasé una noche “deliciosa” según voy a referir. Él tenía un mosquitero y yo, ninguno; dormí profundamente. Y por la mañana cuando quise sacar los pies de la hamaca no lo pude hacer, porque uno de los pies estaba pegado a la hamaca como con cola, y se puede decir que eso fue lo que me salvó la vida. Como estaba oscuro le llamé que abriera para ver lo que pasaba pues tenía una gran debilidad. Al abrir la puerta me encontré que había un charco de sangre en el suelo y uno de los pies también ensangrentado. Lo que pasó es que un murciélago se había llevado toda la noche chupándome la sangre y no sentí ninguna clase de dolor. Por supuesto después de hartarse el murciélago y correr mucha sangre por la herida, algún movimiento hice con el pie, que el boquete hecho por el murciélago se pegó a la hamaca y fue como un tampón que paró de correr la sangre.
De Tabaringa nos dirigimos a un lugarcito llamado Loreto, donde estaba establecido el Cónsul general brasilero y en territorio peruano. Seguimos nuestro viaje haciendo escala por varios puntos, como Pebas, Manai, etc., hasta que finalmente llegamos a Iquitos. Este viaje de Iquitos bajando por el río hasta Manaos y Pará pasando por varios puntos del alto y bajo Amazonas, hasta Teffé en canoa, lo hice yo varias veces y lo encontramos descrito muy minuciosamente por Julio Verne en su obra llamada “La Jangada”.
Iquitos en esa época de 1880 era una pequeña aldea de un ciento de habitantes más o menos, con unas cuantas chozas y unas dos o tres casas cubiertas de tejas. Se puede decir que de este viaje mío hecho a Iquitos como un descanso ha dependido nuestra fortuna con la ayuda de Dios, pues Iquitos, como era un lugar tan pobre, pero está situado al frente de la embocadura de unos 4 ricos, muy ricos en productos, como sea la goma elástica, y otras riquezas que sería muy difícil de enumerar.
El lugarcito me gustó mucho, porque los habitantes muy pacíficos hablando el español por supuesto, y eso me dejó encantado, y me pareció que estaba entre los míos. Pasamos allí unos 8 días muy obsequiados por los habitantes y salimos muy gustosos de esa permanencia. Regresé en dicho vapor y volví en mi canoa y seguí mi viaje de regreso a Teffé. Cuando tuve la alegría de encontrar a mi hermano Moyses en Teffé, le relaté el viaje que había hecho a Iquitos y le describí todo lo que había visto en dicho puerto. Y que me parecía de un porvenir muy grande para nosotros si nos establecíamos allí. No podía ser en ese tiempo puesto que nuestro negocio era tan reducido y asociado con nuestros tíos en el trabajo nuestro. Hemos seguido así hasta el año 1882 que ya habíamos ganado con nuestro trabajo de más o menos 600 £ de las cuales hemos dado la mitad a nuestros tíos y hemos concluido la sociedad con ellos. Ya con ese pequeño capital de 300 £ y una recomendación a la casa de venta de Pará, se dirigió mi querido hermano Moyses al Pará y allí compró por valor de 800 £ en géneros, entregando las 300 £ de nuestro capital y 500 £ que nos dieron a crédito. Ya ahora estamos independientes y trabajando a nuestra cuenta. (Tengo el placer de poner en vuestro conocimiento, que la primera factura que nos fiaron mis tíos en 1879 por valor de 50 £ más o menos, así como las cuentas de la disolución de, como he dicho, la sociedad con mis tíos, donde aparecen los beneficios obtenidos durante 2 o 3 años de trabajo, y cuya cuenta está hecha por puño y letra de mi querido hermano Moyses, los tengo aquí en la oficina y se los enseñé a Momo días pasados.
Con las mercancías que trajo de Pará mi hermano, nos establecimos de nuevo en un lugarcito muy chico que se llama “Caisara”, pueblecito distante de Teffé unas 60 o 70 millas. Allí alquilamos una choza y abrimos nuestro establecimiento. Desde allí en tiempo de cosecha de caucho, nos dirigimos cada uno de nosotros a un río diferente para hacer la campaña de caucho. Nos repartíamos la mercancía y cerrábamos el establecimiento en “Caisara” hasta que regresábamos de nuestro viaje después de 6 o 7 meses. Generalmente mi querido hermano se dirigía al río “Jurua” y yo al río “Javary” distante el uno del otro por unas 1.000 millas. Más tarde ya trabajábamos los dos en el río Jurua, porque el río Javary era menos rico, cada uno en su canoa nos veíamos una vez porque las distancias eran muy grandes. Así llevamos hasta el año 1888 hasta que convencí a mi hermano que debíamos establecernos en Iquitos. Nuestros negocios en esa época aumentaron en número, y nuestros corresponsales estaban muy contentos de nosotros. Mi hermano bajó al Pará y compró una factura de 40 contos que es más o menos 4.000 £ y las llevó a Iquitos, donde todavía no había aduana. Allí se estableció y principiaron nuestros negocios en el Perú, ya que mi hermano dejó de trabajar en la canoa.
Por mi parte yo seguía en el mismo trabajo de canoa de regatear en el río “Jurua” hasta el año 1893» que fue el último año de tan terrible vida de canoa, la que terminó con el naufragio que sufrió el vapor “presidente de Pará”, donde perdí todo lo que poseía, mercancías, caucho, que no estaba asegurado, alhajas que llevaba para vender, dinero, libros, y hasta las babuchas que tenía puestas en los pies. Como el vapor se naufragó cerca de una playa, todos los que estaban abordo se echaron al agua, y nadando llegaron a la playa. Yo fui el único que quedó abordo como no sabía nadar, no me atrevía a echarme al agua.
El vapor iba desapareciendo y yo agarrado al mástil de la proa y todos de tierra me gritaban que me echase al agua. Finalmente me tiré al río a la buena de Dios; ya estaba ahogándome cuando uno de los pasajeros me salvó. Aquí por el momento hago punto para relataros un episodio muy interesante que me pasó en una playa y por donde veréis que el mundo es chico.
En mi primer viaje que hice 1881-82 desde Teffé al río “Javary” llegamos a un lugarcito que se llama “Tomantinos” donde estaba establecido Rafael Foinquinos con su mujer, Sara Attias, cuya hija aún existe aquí en Tánger, y se llama Rahma. Ahí en ese lugar embarcó un Sr. Capitán Acevedo, que era alcalde de ese lugar, para un puerto más distante. El capitán del vapor era un oficial de la marina de guerra brasilera, hombre de una educación esmerada, fino y amable y por delicadeza con el Sr. alcalde no se sentó en la mesa tanto él como nosotros, los pasajeros, hasta que viniera el señor Alcalde. Aparece un señor que le gustaba mucho la ” cachassa”, y viene en calzoncillos porque se le había olvidado ponerse los pantalones.
A la vuelta de mi viaje al “Javary” para dirigirme a Teffé pasé por Tomantinos y después de una hora de bajada por el río en mi canoa, veo de lejos una gran playa, quizás más grande que la de Tánger, y veo varias chocitas en la misma, cao insólito por esos parajes. Me acerco y veo bastante gente muy ocupada en trabajos que no entendía. Desembarco en dicha playa y me entero qu’;e están ocupados en el trabajo de la fabricación de la “manteigia” o sea el aceite de los huevos de tartalugas.
Es muy curioso y relataré con algunos detalles esta fabricación. Por el mes de Septiembre Octubre el municipio de Tomantinos y “Forteboa” que era también cerca de esa playa, ponen un guardia con una chocita, con el objeto de alejar de dicha playa toda embarcación de canoa que sube y baja cerca de ésta. Y el fin es de evitar todo ruido de remos para no ahuyentar a las tartalugas que van a salir a la playa a depositar sus huevos. En una noche de luna muy clara, sale una tartaluga del río y se da un paseo por la playa; al día siguiente las huellas de esta sobre la arena de la playa. El guardián, guarda todo silencio, y hasta fuego no enciende en su choza. A la noche siguiente pasa lo mismo, a la tercera noche sale un tropel de tartalugas que se calcula en muchos miles de ellas; la gente de la playa dice que hasta 20.000 salen del río a depositar sus huevos. Las tartalugas hacen un hoyo en la arena, con las patas o con las manos, de unos 30 o 40 centímetros. de profundidad y allí depositan sus huevos, que cada una de ellas depositan de 80 a 120 huevos cada una. Los cubren con arena, lo aplastan con el pecho y ya está la playa materialmente llena de huevos. El huevo de la tortuga o tartaluga es redondo y de un tamaño del de la gallina; su yema es casi todo aceite.
Al acabar las tortugas de poner sus huevos se echan cientos de personas que las están esperando en un recodo de la playa en canoas y desembarcan y se precipitan para hacer el viraje que consiste en voltear a las tortugas de pecho para arriba y la privan de todo movimiento, y una vez volteadas las tortugas las llevan al bosque que está cerca y depositarlas a la sombra, (también puestas de vientre para arriba), y preservarlas del sol tan fuerte que hace porque es muy dañino para ellas.
Las que se escapan de ese volteo se dirigen al río y se sumergen, pero a la orilla de la playa ya las espera otro percance que consiste en una hilera de cocodrilos que hacen su banquete con las que pueden coger. Otro percance las pasa en el bosque, donde están depositadas ahí acuden varios tigres a banquetearse también. Y no es raro encontrarse con un animalito de esos cuando vamos a retirar algunas para nuestro consumo. Pero el “Winchester” que no le largamos ni de día ni de noche hace su oficio. El trabajo de la fabricación de aceite de tartaluga consiste en lo siguiente: las canoítas que están a la orilla del río, los indios las llenan de huevos, que sacan de la playa con mucha facilidad con una pala. Allí abren los huevos con pinchos de madera y agregan una cantidad de agua y los dejan expuestos al sol y al día siguiente se ve una nata de aceite del grueso de más de una pulgada: se recoge toco ese aceite y se hierve en calderos, en hogueras que hacen con leña fácilmente encendida del bosque y ya está el aceite listo. Se envasa en latas de más o menos 20 litros cada una, que se llevan los nativos a propósito para ese fin. Soldadas dichas latas ya están listas para la exportación. El aceite es muy sabroso, y sirve para la cocina, así como también para los vapores fluviales que surcan los ríos. Yo por mi parte no me hice de los perezosos; con los dos hombres que tenía para remar mi canoa, fui al bosque, cortamos cuatro palos bastante fuertes, los hincamos en la playa, hicimos un techo de hojas de palmeras bastante espeso para preservemos del sol y la lluvia, y de dos palos de ellos amarré mi hamaca; ya tengo casa propia. Descargo mi canoíta de la poca mercancía que me quedaba, así como de los productos de caucho que había comprado y los deposité en mi barraca. Teniendo ya la canoíta vacía principiamos hacer lo mismo que los demás. Y así de 3 meses que me quedé en la playa fabriqué yo y mis remeros, como 60 latas de este aceite; las latas, las compré a comerciantes que había en la playa y valían un shelín cada una. Además de eso compré a crédito como 200 latas de otros comerciantes y en pago les daba giros sobre mis tíos a Teffé.
Llega un vapor, fondea enfrente de la playa y embarco mis latas con destino al Pará, a los corresponsales de mis tíos. Fue mi primer negocio de alguna importancia y que fue desastroso porque perdí una tercera parte de su valor al venderlo en Pará porque acudió mucho de ese aceite al mercado, de otras muchas playas del Amazonas y bajó el precio. Cada lata valía más o menos una libra. El episodio curioso que os quiero relatar es el siguiente: Estando atareado en la fabricación del aceite fondeó frente a la playa un vapor de unas 300 toneladas de porte que se llamaba “Morrua”; sale un bote de abordo y se dirige a la playa y nosotros curiosos fuimos a ver lo que deseaba el bote y nos manifestó un oficial que venía que el comandante nos pedía que le vendiésemos algunas tortugas para su rancho de abordo. Le contestamos que nosotros no vendíamos tortugas, que se dirigiera al bosque y llenara su bote de ellas sin ninguna clase de pago. El comandante al ver tanta generosidad de nuestra parte nos invitó que fuéramos abordo a almorzar. Así lo hicimos unos 8 o 10, y allí comimos carne de vaca que estábamos privados desde mucho tiempo. Porque en la playa nos alimentábamos a tortugas y pescado.
El propietario del vapor iba abordo y se llamaba “General Reyes.” Antes de seguir con el episodio del General Reyes: Después de estar 3 meses en la playa la hemos abandonado a causa de la crecida del río, que la inunda, y además porque ya no hay huevos con que fabricar el aceite, puesto que todos los huevos restantes ya se transformaron en pequeñas tortugas que van saliendo de los boquetes de la arena y se dirigen al río. A la orilla otro banquete de cocodrilos que las esperan y se tragan miles de ellas. Y nosotros por nuestra parte cogemos muchas canastas de ellas, que hervidas es un manjar sabroso.
El General Reyes, con su vapor se dirige desde el Pará al río “Putumayo” distante de Pará de algo más de 3.000 millas. Este río es un afluente del Amazonas que está cerca de Iquitos y que lo conozco, por una parte.
El río no es muy ancho, pero es muy profundo, navegable a vapor, por lo menos 600 o 700 millas arriba. Después ya son cataratas y montañas muy altas. Este río pertenece a 3 naciones; desde la boca hasta una distancia de unas 150 millas pertenece al Brasil, donde tiene un puesto militar con unos 4 o 5 soldados, y un comandante, y la bandera brasilera izada en el puesto. De ahí río arriba unas 200 millas pertenece al Perú donde también tiene un puesto militar. De allí para arriba ya pertenece a Colombia, y casi toda esa región está llena de cascarilla, o sea la quinina.
La cascarilla es, la corteza del árbol que se extrae y de allí se saca la quinina. Para que tengáis una idea de la manera como se descubrió la quinina os diré lo que dice la historia. Un misionero que andaba por los bosques catequizando indios bravos, encontró un indio tendido en el suelo con una fiebre muy alta, y se acercó a un charco y bebió de ella. A las pocas horas ya estaba sano y bueno. El misionero probó con otros indios que tenían fiebre y les dio a beber de la misma agua y todos ellos se curaron. Descubrió que en ese charco de agua había un árbol caído que contagió el agua con su corteza que era la quinina.
El General Reyes tenía en esa región algunos cientos de indios descortezando los árboles y amontonando su corteza hasta que venía el General Reyes con su vapor, lo cargaba y lo llevaba al Pará. Y del Pará lo expedía para Inglaterra y América del Norte. En ese tiempo la quinina tenía mucho valor y el General Reyes llevó haciendo esos viajes durante 3 años, y se hizo una fortuna muy grande; ya enriquecido se dirigió a su país y en “Bogotá” se dedicó a la política y llegó a ser presidente de Colombia. Ya de presidente, un hermano suyo se dirigió a Iquitos, a tratar de asuntos comerciales que tenía allí pendientes.
En Iquitos murió y su hermano el presidente rogó al Gobierno peruano que expediése el cadáver al Pará., para allí ser conducido a Bogotá. El municipio de Iquitos, así como el Prefecto y demás autoridades y también los notables de Iquitos fueron acompañando el cadáver del hermano del presidente y le embarcaron en una lancha de guerra con destino al Pará. El viaje del Pará a Bogotá es muy largo y complicado; tiene que atravesar el Atlántico desde Pará hasta dirigirse a Valparaíso y de allí cruzar al Pacífico hasta encontrarse con la boca del río “Magdalena”, donde radica la capital de Colombia o sea Bogotá.
En 1910 estábamos Preciada y yo sentados en el patio del “Hotel Carlton” de Vichy y cerca de nosotros estaban 2 viejecitos sentados; nos dijeron que eran el expresidente Reyes y su señora, el cual vivía en Paris, retirado de la política. Me dirigí a él, y le dije estas palabras: “Mi General, me permito dirigirme a vuestra Excelencia para poner en su conocimiento que yo fui uno de los que acompañaron el cadáver de su hermano desde el cementerio de Iquitos abordo de la lancha de guerra peruana que lo condujo al Pará. ” Se levantó, cogió una silla y me dijo que me sentara a su lado y me hizo las preguntas: si yo venía de Iquitos, si yo era peruano; le contesté que hacía varios años que residía en Iquitos donde tenía mi negocio. Que yo no era peruano, oriundo de Tánger. Me pidió que le relatase con todo detalle la conducción del cadáver de su hermano abordo de la lancha de guerra, lo que hice. Además, me preguntó si conocía en Tánger a un ministro que estaba aquí y que fue ministro de su país en Bogotá cuando era presidente. Le contesté que sí le conocía. La señora de dicho señor hizo mucha amistad con Preciada y todos los días salían juntas; a los pocos días se marchó a Paris. Y aquí pongo punto final del general Reyes para que vean Uds. lo pequeño que es el mundo.
Siguiendo mi relato del naufragio del ” presidente del Para, os comunicaré que muchos meses antes de este naufragio ya trabajábamos de nuestra cuenta sin tener corresponsales en el Pará, por cuanto la casa de Bento, ya enriquecida, liquidaron su negocio y se dirigieron a Portugal. Pasando la casa a otros, que no pudiendo o no queriendo, darnos los créditos que acostumbraba la casa de Bento, para seguir nuestros negocios, liquidamos con ellos y lo que les debíamos era más o menos 3.500 libras; les firmamos letras escalonadas de 3 en 3 meses y que hemos pagado religiosamente, como sus intereses y hasta los sellos de las letras.
Así que ya estamos independientes y después de unos cuantos meses hemos podido reunir entre Iquitos y Teffé de deudas que nos debían y alguna venta de mercancías, la suma de 2.000 libras. Estas las empleé en compra de géneros en el Pará, para mi campaña de caucho en el Jurua, llevando como siempre he dicho mi canoa a remolque del vapor. Y fue cuando naufragué perdiendo todo lo que poseía menos las existencias de mercancías que teníamos en Iquitos, donde estaba vuestro padre. Vuestro padre ignora todo lo sucedido por cuanto estamos a una gran distancia uno del otro, pues que para ir del Jurua a Iquitos hemos de bajar desde el Jurua a Manaos; de este último a Iquitos hay una distancia más o menos de un mes a vapor. El lugar donde naufragamos era una playa y allí nos quedamos mantenidos y atendidos por un vecino que vivía allí cerca, hasta que surgió un vapor de Manaos, y embarcó a todos los náufragos. El vapor se dirigía al alto Jurua, y allí con mucha sorpresa y alegría encontré de pasajero a Elías, mi tío, que me agasajó y me dio ropa, pues había quedado sólo con un pantalón y una camisa.
El caucho, en esa época estaba a un precio muy bajo, lo que nunca había llegado a 1800 reyes cada kilo; consideré que ese precio era tan bajo que me parecía imposible que durase, y que por fuerza el mercado tenía que mejorar. Me metí de lleno a comprar goma a crédito y dando giros a 90 días para el pago.
Allí en el Jurua éramos muy conocidos, y nos vendían con facilidad sus productos a crédito. Compré una cantidad muy grande y le iba remitiendo a Pará y Manaos con la orden expresa de no venderla hasta que lo ordenásemos. Terminada mi campaña bajé a Teffé, en el mismo vapor, y todo el trayecto encontramos varios vapores que surcaban el río y venían de Manaos y Pará, y a todos ellos les hacíamos parar para preguntarles el precio del caucho; la primera noticia que tuve fue de una pequeña alza; siguieron las noticias y todas ellas nos comunicaban más y más alzas en el precio al punto que cuando llegué a Teffé, punto de mi residencia, el precio de la goma era de 6.000 reyes, 3 veces y medio más de su valor.
Mi hermano en Iquitos como ya he dicho no tenía noticias mías desde hacía muchos meses; llegó al puerto de Iquitos un vapor de Pará y muchos comerciantes ansiosos de saber noticias, y la principal noticia era el precio del caucho, se dirigían al puente y antes que el vapor atracara ya estaban los de tierra gritando y haciendo preguntas a los pasajeros que venían abordo. Uno de ellos, conocido nuestro, gritó y anunció a vuestro padre que el vapor “presidente de Pará” había naufragado en el río Jurua pero que felizmente su hermano Abraham se había salvado; es de considerar la ansiedad y la inquietud que estaba vuestro padre por mí y así es que cerró su establecimiento y se embarcó a encontrarse conmigo en Teffé. Yo todavía no había llegado a Teffé y él siguió viaje a Manaos y allí encontró en varias casas comerciales la goma que yo había remitido desde Jurua y se apresuré a venderla, de miedo a que bajase el precio. Pagó todos los giros que yo había firmado y nos quedamos con un beneficio de 8.000£.
Al llegar yo a Teffé me dijeron que mi hermano Moyses había pasado por allá y estaba en Manaos; seguí yo en el vapor para encontrarle y no puedo describir la alegría de ambos al vernos. Esto sucedió en 1892. Yo le dije a vuestro padre que ya estaba demasiado cansado del trabajo de la canoa y que lo mejor sería terminar con los negocios de Teffé y Jurua e instalarnos bien en Iquitos. Así terminamos 14 años que andé en los trabajos de la canoa sufriendo penalidades, riesgos, etc. etc. Por lo cual agradezco al Todo Poderoso tantos beneficios. Antes de seguir relatándoos el nuevo negocio de Iquitos y el viaje de vuestro padre a Tánger en ese año, deseo relataros uno de los incidentes que me ocurrió en el Jurua cuando andaba en canoa. Había en el Jurua un carense ladrón y asesino que era el terror de toda la comarca. Se dirigía a las barracas y allí a la fuerza sacaba cuanto deseaba. Todos le temían y yo no le conocía a ese sujeto a pesar de los varios viajes que hacía en dicho río. Un dia atraqué en un puerto de una barraca en la margen del río y allí entró en mi canoa un sujeto chiquito y se instaló en la proa de la canoa. Yo sentado en popa debajo del toldo, me grita: “0 judeo bote cachassa”. Yo le contesté: Ahora mismo vas a salir de la canoa; me dice, ¿no sabes quién soy yo? le contesto, ¡seas quien fuera ahora mismo sal de la canoa sabes que soy el terror del Jurua! Al oír tal nombre cogí el rifle Winchester que estaba a mi lado y le apunté repitiendo la orden que saliera de la canoa. Esta clase de gente llevan siempre un puñal muy delgado que tiran desde lejos al que quieren matar, y no hizo uso de él, limitándose a decirme que yo era “Bravo Judeo” el primer judío valiente que había encontrado y se acercó a mí con mucha amistad, me dio una palmadita en el hombro y se hizo amigo mío, le di la cachassa que pedía y nos despedimos amistosamente. Quiero relatar un incidente que pasó a un cliente mío en el río “Ukayali” cerca de Iquitos.
Este cliente era buena persona, honrado, español, me dijo dónde estaba establecido, salió un día de cacería él y un socio suyo, se internaron en el bosque y allí dan con una banda de jabalíes que principiaron a matar muchos de ellos con sus rifles, se les acabó las municiones y el bando de jabalíes aumentaba en número incalculable. Y no teniendo municiones se subieron a dos árboles, escapando de una muerte segura. Los jabalíes llevaron toda la noche royendo las raíces de los árboles; uno de ellos saltó a otro árbol viendo el peligro, los dos árboles cayeron al suelo, y devoraron en un instante a uno de ellos y se marcharon quedando el otro a salvo. Y es el español cliente nuestro que se salvó. El periódico “Imparcial” de Madrid lo publicó a su tiempo contado por el mismo español y que hemos leído aquí en Tánger.
Deseo también relataros de un regalo que hice a mi hermana Sol, un piano; en 1888 estaba a bordo de un vapor en “Jurua” donde iba como pasajero un señor alsaciano llamado Kahn que tenía una casa en Manaos y que era un comerciante muy fuerte con casa comercial en Paris. Pasó un vapor al lado nuestro y me entregó una carta de mi madre donde me comunicaba con mucha alegría que Sol mi hermana está aprendiendo piano. Nosotros gente modesta y de pocos recursos me causó mucha alegría tal noticia; se lo comuniqué al Sr. Kahn que era compañero de camarote y me ofreció que si quería mandaría él un piano a Tánger a mi hermana. Le di la dirección de mi padre y pasaron algunos meses y me comunicó que ya lo había mandado; le pagué la factura que importó en unas 60 libras; este piano causó una revolución en Tánger por cuanto una familia modesta como la nuestra recibiera un piano Pleyel; vivían en el piso de abajo de la sinagoga de Assayag, dos cuartitos y una cocina, gente modesta como nosotros, calculan Uds., el efecto que causaría para muchos conocidos de mi familia, porque ninguna tenía esa famosa marca.
Vuestra madre está a mi lado y no me deja escribir mucho de críticas sobre el piano y lo que se “entregaron” de mi madre. Algunos de los principales de Tánger que tenían varias hijas y el celo no dejaba en quietud a mi familia. Tánger en ese tiempo era muy chico y no se podían conformar que la familia de Pinto principiara a salir de la sombra. Un sábado fue un señor a mi casa, al cual le daban mala vida sus varias hijas y tanto dijo a mi madre que la soltó llorando. El dicho piano aún existe y le tiene la familia Labos.
Muchos incidentes que me han pasado en mis viajes de canoa se me han olvidado, pero recuerdo uno que me pasó en el río “Japura”; éste es un río también afluente del Amazonas, y que tiene tres bocas; una de ellas cerca de Teffé, otra más arriba de “Fonteboa” y la tercera más abajo de Teffé. Este río es muy ancho y poco profundo y está casi todo deshabitado a causa que está invadido por los indios antropófagos; como yo era muy aventurado, pensé que podía hacer algún negocio en dicho río, y en la boca cerca de Teffé entré con mi canoa y navegué tres días aguas arriba al remo y no encontré ni una sola barraca ni gente con quien hacer negocio.
Resolví entonces volverme a Teffé y principié a bajar el río y ya muy tarde encontré una playa muy hermosa y resolví pernoctar en ella. Mandé pescar y comimos buen pescado; armamos nuestros mosquiteros en la playa, puse una esterilla sobre la arena y una pieza de tela blanca como almohada, mi rifle Winchester al lado y mis dos remeros con sus mosquiteros uno a cada lado a causa de los mosquitos y yo en medio de ellos. En mi profundo sueño por el cansancio, oía una voz que me llamaba muy debagarcito; decía “¡Señor Abraham! ¡Señor Abraham! Onja !”Me siento, y veo detrás del mosquitero que era muy transparente unos bultos en la playa que se aproximaban a nuestros mosquiteros, puesto que era una noche muy clara de luna y se veía claramente.
Salimos de los mosquiteros todos nosotros y corrimos a la canoa, que estaba cerca de nosotros, nos embarcamos en ella, la empujamos al medio del río abandonando todo lo que teníamos en la playa, y ya dentro de la canoa, principiamos a tirotear con nuestros rifles, y no sé si matamos a alguno de ellos, por cuanto eran 6 tigres que había en la playa. El que me despertó avisándonos era un negro de ” Bahía ” que se llamaba ” Malaquías “; era una fiera de valiente y me estimaba mucho y estuvo conmigo varios años de remero en la canoa. Otro remero tenía yo que se llamaba Ventura; éste era un indio de la tribu de antropófagos del “Japura, y que el año 1880-81 que estábamos establecidos en ” Caiçara “, un mestizo que iba al “Japura” a traer indios para su trabajo de goma, me pidió que le diese algunas cositas para indios como collares de cuentas falsas, pulseras falsas, anillos de metal, y otras cositas que me traería un indio en cambio.
Después de unos cuatro o cinco meses me trajo un muchachito de unos 15 años completamente salvaje; le pusimos el nombre de Ventura, estuvo conmigo unos 15 años de remero y resultó un borracho y ladrón. Me pidió después de unos 2 o 3 años que estuvo conmigo que quería ir a visitar su país, le dí una pequeña canoa y después de 4 o 5 Meses regresó.
Otro indio hemos tenido también de la tribu “Tucumas” que nos trajo el señor León Maimaran del río “Ukayali” y estuvo con nosotros varios años. Éste lo trajo Jaime mi hermano a Tánger y estuvo viviendo con nosotros. Le compró Jaime mi hermano un caballo donde se paseaba. Volvió a Iquitos con uno de nosotros y estuvo algunos años más de cocinero.
En estas memorias no tengo hablado de mi hermano Jaime que marchó de Tánger en 1888; estuvo en Jurua unos 2 años, de allí siguió a Iquitos. Era un joven que tenía mucha simpatía, jovial y bondadoso, estimado por todo el que le trataba, y con su bondad se le facilitaba todo en todos los departamentos gubernamentales como sean aduanas, clientelas, etc. etc. No trabajó muchos años, por cuanto su salud no se lo permitía, pero lo que trabajó sacaba buenos resultados de ello.
Reanudando el asunto de mi encuentro con vuestro padre en ” Manaos que como ya dije fue en 1892, hemos tomado la resolución de seguir los negocios de Iquitos a mayor escala.
Para ella dividimos las 8.000 libras que teníamos en existencia, dejando 4.000 en el Pará y trayendo 4.000 a Tánger. 2.000 de ellas las llevaría vuestro padre a Manchester para hacer compras y las otras dos dejarlas en Tánger. Vuestro padre regresó a Tánger con el propósito de seguir inmediatamente a Manchester, y yo habiendo liquidado mis negocios en Teffé y Jurua abandonando casi todo lo que nos debían, me dirigí a Iquitos a esperar que vuestro padre principiara a mandarme las mercancías. No teníamos ningún conocimiento en Manchester, pero mi padre que era muy amigo del señor Yahia Benassayag, este señor era una persona muy buena y pariente de mi madre, y que representaba en Tánger y todo Marruecos la firma de Henri de Manchester, le pidió una recomendación para dicha casa de Henri para que le abriera un crédito entregándole las 2.000 libras que llevaba.
Cuando fui a Iquitos poco o ninguna mercancía nos quedaba en la casa que cerró vuestro padre para ir a Manaos cuando se enteró de mi naufragio, pero con el dinero que teníamos en Para y para no perder tiempo, fui comprando en Pará productos brasileros como sea fariña y otros artículos; un negocio un poco modesto y que algunos como socios de la casa “Marius y Levy” se burlaban de mí y me decían que estaba haciendo negocios magnosos, y otro un francés me dice que el día que llegaran mis mercancías que serían tantas que habría que poner policías para cuidarlas. Yo sufría todas estas burlas y esperaba. El tiempo pasaba y hacían como 6 meses que no recibía ninguna mercancía remitida por vuestro padre. Entonces resolví regresar al Pará para telegrafiarle a Tánger, puesto que en Iquitos ni en Manaos había telégrafo, para saber qué era la tardanza de mandarme los géneros. Su respuesta telegráfica fue que no había seguido a Inglaterra a causa del divorcio de Sol mi hermana que yo ignoraba completamente y sólo sabía que estaba casándose. Entonces resolví embarcarme para Tánger y el día siguiente tomé el vapor “Lanfrank”; éste es el mismo nombre del vapor donde embarqué de Lisboa en 1879, pero ya es un barco nuevo, moderno y de mucho tonelaje. Al llegar a Tánger le hice apresurar a vuestro padre para que siguiera a Inglaterra con las cartas que llevaba de Benassayag. Me quedé 3 meses en Tánger y regresé a Iquitos apalabrado. Vuestro padre no regresé más al Brasil desde 1892 y nosotros principiamos nuestro negocio de nuevo a una escala más importante.
Ahora, os relataré cómo la Providencia castiga la burla y la soberbia de que fui objeto de parte de la casa colosal de Marius y Levy. Esta casa que tenía un capital de 12 millones de francos de ese tiempo, que equivalía a medio millón de libras aproximadamente, tenía casa en Paris, Manaos e Iquitos, con el correr de los años suspendió pagos y tuve la satisfacción de protestarle una letra de 760 libras que me había dado sobre Londres. Además, algunos años después que nuestro negocio ya estaba en su apogeo, en una sola semana llegaron 3 vapores al puerto de Iquitos con grandes cargamentos de mercancías para nuestra casa. Uno de ellos de Liverpool que hacía escala en Hamburgo, Havre, Amberes y Lisboa. Y otro del Pará y Manaos; de todos estos puertos desembarcaban géneros para nosotros, de Dinamarca, Suecia, España, etc. Y fue tal la cantidad de mercancías, que nuestros almacenes no podían contenerlas y como ciertos artículos como licores etc, no entran en aduanas los tuvimos a la intemperie por una noche hasta buscar almacenes; aquí viene a cumplirse lo dicho en burla de ese francés de la casa Marius, que tenía que poner policía para cuidar tanta mercancía como recibíamos y efectivamente tuve que pedir por esa noche 2 policías que cuidaran las mercancías.
Estas memorias, están principiadas a escribir por mano de Abraham, hijo de vuestra hermana Donna, y seguido por Jacky.
De Samuel mi hermano no he hablado en estas memorias porque he resuelto olvidar y perdonar; algunos pequeños detalles olvido y los recuerdo algunas veces.
Al abandonar la playa de las tortugas, cuya playa se llama “Curasatuba”, hemos cargado nuestras canoas con las tortugas que podíamos llevar. Las demás que quedaron y que eran algunos cientos las hemos vuelto a voltear y ellas mismas se fueron metiendo en el río. El río Putumayo en sus cabeceras, ya no es navegable; son cascadas y montañas altas, difíciles de franquear; por esa razón no se llevó a Bogotá por ese camino el cuerpo del hermano del presidente.
De los sucesos que pasó vuestro padre cuando andaba en canoa, no recuerdo muchos, sólo uno de alguna importancia y que le iba costando la vida. Tenía una canoa en el Jurua, que dejó allí, acabada la cosecha de goma, y la siguiente estación algunos meses después, se quiso hacer cargo de ella, pues la había dejado al cuidado de un amigo en su puerto. La encontró llena de agua de las lluvias etc.; él y los remeros se remangaron los pantalones y principiaron a vaciarla; en esto sintió vuestro padre un choque eléctrico que le hizo caer; era un “puraque” o anguila eléctrica, que si no acude a tiempo un indio que tenía una sortija de metal o alguna pulsera que anule los efectos electrónicos de esos pescados, que le levantó y le sacó de la canoa, con una o dos veces que pase el pescado por el cuerpo, ya es uno cadáver. Muchos y varios son los incidentes que me pasaron cuando andaba en la canoa, ahora recuerdo algunos de ellos.
Entrando con mi canoa en el lago Caiçaru veo en la boca del lago que se levanta una montaña de agua y un gran ruido debajo, era una gran boa que salía del lago. El agua nos levantó la canoa, vimos el peligro y escapamos a todo correr con la canoa en medio del río; en esto vemos la cabeza de la boa mirando de un lado a otro; felizmente nos alejamos. Otra boa ví en el río Envira, afluente del rio Jurua; esta vez tuvimos que atracar y saltar a tierra en el bosque para escapar de ella.
Después de pescar una gran cantidad de pescado, la que sobró de nuestra cena, se llenó casi un gran canasto y lo depositamos en la canoa para el día siguiente. La canoa amarrada a la orilla y la canasta de pescado a mis pies, pues dormía en el toldo de proa donde tenía mi tiendecita, la canoa muy cargada y apenas a unos 20 centímetros. fuera del agua. En esto oigo un gran ruido y un cuerpo que se echaba al agua desde la canoa. Era un cocodrilo que se agarró con las patas y pudo meter medio cuerpo en la canoa y devoró todo el canasto de pescado, que por milagro no me cogió por los pies.
En una pequeña canoa, que allí se llama “montariu” y que apenas caben 3 personas, llegué a la boca de un lago donde estaba trabajando en caucho un cliente nuestro, recuerdo que se llamaba Lima. La boca del lago era demasiado chica y estaba materialmente como empedrada de cabezas de jaeures, que solo uno de ellos con un coletazo hace voltear la canoa; me fui por tierra por el centro del bosque, hasta llegar al lago. En el bosque hay que tener mucho cuidado cuando se penetra, porque fácilmente se pierde uno; algunos andan con brújula, otros guiados por el sol, pero éste algunas veces no se le ve a causa de la altura de los árboles; lo más seguro es ir marcando los árboles con un hacha o rompiendo ramas por donde se pasa para señalar el camino y poder volver por él.
En Teffé víspera de Kippur esperaba el vapor de Yuyu Levy para seguir en él al río Jurua. Tenía 2 canoas de mercancías para llevarlas conmigo. Las mercancías por supuesto a bordo del vapor y una de las dos canoas a remolque que era para mi regateo (trabajo). Yuyu no entró en Teffé en ese día y prefirió pasar el día de Kippur amarrando el vapor a un puerto un poco distante de Teffé. Para llegar a este puerto, pasado el día sagrado, miren qué sacrificio y qué perjuicio esto le causaba, tener el vapor parado con cientos de pasajeros, con esa fe en nuestra religión. Por la tarde cayó una tempestad en Teffé y me hundió 2 canoas que estaban a la orilla del lago. Todo se mojé y a esa hora de la tarde buscaba trabajadores que me ayudasen a sacar las mercancías del agua. Y después de mucho trabajo conseguí dos con quienes he trabajado muy duro y llevamos a casa todos los géneros mojados; se hizo muy tarde y ya era hora de arbit.
En la casa de tío Elías donde se reunieron los pocos judíos que había en Teffé y apenas me cambié la ropa mojada y sin comer me dirigí a casa de tío, pasé el Kippur sin haber comido antes.
Después de Kippur llegó Yuyu con su vapor, pero yo no pude seguir en él porque tenía que poner al sol toda la mercancía, que estando mojada alguna se perdió. Seguí en otro vapor, para la lucha con esa mercancía en ese estado. Esta es una de las muchas penalidades que se pasan en esos trabajos de canoa.
Ahora paso a relataros un acontecimiento con vuestro padre y yo en Iquitos:
Tenía que ir yo a Pará un año a hacer compras para mi trabajo en el Jurua, y antes de hacer dicho viaje y que yo tenía que estar por lo menos 6 o 7 meses en ese río, resolví seguir a Iquitos desde Teffé a ver a vuestro padre, antes de hacer mi viaje al Pará y después al Jurua, porque me quedaría ausente de él por lo menos 8 o 9 meses entre el viaje al Pará y a tal río. Vuestro padre me encargó que comprara también algunas mercancías para Iquitos. Las compras para el Jurua las mandé a dicho río, distribuidas para varios puntos del río y a personas amigas nuestras, para ir tomándolas en la canoa a medida que iba necesitando en mis varios viajes que subía y bajaba del río durante la cosecha. Las de Iquitos las embarqué en un vapor que se llamaba “Araguay” y que era el primer viaje que hacía a Iquitos y que pertenecía a una compañía formada en el Pará, con el fin de hacer la competencia a la gran compañía de navegación “The Amazon River”. Todos estos detalles los inserto aquí para explicar lo sucedido. Como yo tenía algún tiempo antes de ir al Jurua, surqué en ese vapor de Pará a Iquitos a dar cuenta a vuestro padre de todo cuanto había hecho. La compañía nos nombró sus agentes en Iquitos. Llegados a este puerto, el comandante del vapor, llamado “Corría”, dio un almuerzo abordo a las autoridades más principales y al comercio más importante de la plaza, unas 40 o 50 personas en total, con el fin de la inauguración de los viajes a ese puerto por esa compañía.
En Iquitos había un joven llamado Benjamín Maya, oriundo de la provincia de Marañen, (Brasil). Joven de una educación esmerada, amable, jovial, de raza blanca, simpático etc.
Este joven se naturalizó peruano con el fin de obtener el puesto de “Capitán del puerto”. Los brasileros de Iquitos y los que llegaban de fuera le tenían mucha antipatía y hasta odio por haberse naturalizado.
A este sujeto no invitó el capitán del vapor al almuerzo, y se sintió muy ofendido y aguardó la ocasión de vengarse del Capitán del vapor, que pronto llegó dicha ocasión. El vino tinto que se sirvió en el almuerzo fue elogiado por muchos, por cuanto era en verdad muy bueno. Tanto le manifestó la excelencia del vino un comerciante muy destacado del comercio de Iquitos, que era brasilero y se llamaba Manuel Nieves, que el capitán del vapor le ofreció un pequeño barril de ello, unos 50 litros. El capitán al día siguiente del banquete mandó a tierra el barrilito con orden de que se lo llevaran a casa de Nieves, y aquí principia lo grave de la historia. Benjamín Maya, capitán del puerto, coge el barril como contrabando y quiere llevárselo a la aduana; interviene el capitán del vapor a quien avisaron y le dice a Maya que los licores y comestibles de abordo nunca pagaron derecho de aduana en ninguna parte; (no sé si tenía razón en lo que concierne artículos desembarcados y que aún sea destinados al consumo de abordo.) Se agrió la discusión. Y el comandante (el capitán) coge un martillo de la casa de Nieves, rompe el barril y se derramó el vino por el suelo. A este acto el tal Benjamín Maya le intima a darse por preso, por cuanto cometió un desacato a la autoridad. Llamó a 2 policías y se lo llevan preso.
La tripulación del vapor se excitó mucho al enterarse puesto que el vapor estaba atracado al puerto. Nosotros a nuestra vez nos avisaron de lo sucedido; vuestro padre era bastante conocido del prefecto o sea del gobernador. Fue a verle y le rogó que soltara al capitán puesto que la tripulación estaba muy excitada. El gobernador al oír esto gritó como un loco diciendo: ¡Me está Ud. amenazando que la tripulación de abordo se quiere llevar a su capitán a la fuerza! Acudieron mucha gente a sus gritos, entre ellos el jefe de la policía, y le dice a éste textualmente: señor jefe de policía, prenda Ud. al señor Pinto y al primer tiro que se oiga en la población fusílelo enseguida. En esto llego yo para enterarme de lo que había hecho mi hermano y me prenden a mí también, nos llevan a la prisión donde estaba el capitán del vapor y allí esperábamos el fusilamiento de los 3. Un señor que se llamaba Mattos, persona muy destacada de la colonia brasilera, hombre muy educado, amable e inteligente, viendo el peligro se dirigió al vapor, que como ya he dicho, estaba atracado al puerto, e hizo convencer al segundo comandante que largara el vapor de su amarrado de tierra y fondeara a lo largo del río, evitando así cualquiera que quisiera saltar a tierra de la tripulación. Una vez realizado esto, el gobernador ordenó nuestra libertad menos la del capitán del vapor que seguía preso. Todo esto duró como tres horas. Una vez en libertad y estando los dos en el patio del cuartel, para irnos a casa, se dirige a mí el hijo del gobernador, que se llamaba Nicanor y me dice: Váyase Ud. a casa, que su hermano sor Moyses le seguirá dentro de media hora. Yo no quería irme, hasta que él y vuestro padre insistieron conmigo y me marché. Vuestro padre fue llevado a una sala y ahí el hijo del gobernador mandó traer una botella de vino, llenó 2 copas para él y vuestro padre. Vuestro padre no quiso beber por más que insistió ese señor y enseguida se dirigió a casa. La mayoría del pueblecito de Iquitos estaba indignada con el prefecto, por cuanto vuestro padre era muy estimado y las mujeres le llamaban “El Rey de Iquitos”. La cámara municipal se reunió en sesión extraordinaria y estampó en su libro de actas una enérgica protesta contra el gobernador, al punto que éste mandó prender al alcalde y que se escapó en una canoa.
Se aproxima el 28 de Julio, día de la independencia del Perú. El hijo del prefecto fue a casa y le dice a vuestro padre: mi padre le saluda y le ruega fuese al baile que se celebrará en la prefectura la noche del 28 de Julio, fiesta nacional. Estoy oyendo la respuesta de vuestro padre a Nicanor: Mucho agradezco la invitación, y sólo iré si me arrastra, de otra manera no podría ir. La respuesta fue: Señor Pinto déjese Ud. de rencores y venga Ud. que mi padre tendrá mucha satisfacción en ello.
Al principio de estas memorias yo os aseguré que todo lo que escribo es verdadero, no exagero ni miento ni tampoco invento.
En ese tiempo Iquitos era una aldea y todos se conocían y estaban en estrechas relaciones; hoy ya es una pequeña ciudad. Embarqué con dirección a Teffé y al llegar a Loreto, pueblo peruano cerca de Tabatinga, frontera del Brasil, el Cónsul brasilero que entonces residía allí, al llegar el vapor y enterarse por la lista de pasajeros, me mandó llamar a pedirme que me quedara allí unos cuantos días, hasta la llegada de otro vapor, con el fin de darle una relación exacta de los acontecimientos en Iquitos. Así lo hice y me hospedó en su casa y todos los días relataba él mismo todo cuanto le refería de lo que pasó en Iquitos. Me quedé allí unos dos días e hizo una memoria dirigida a la princesa Isabel, que era entonces regenta del Imperio, por cuanto su padre el emperador Don Pedro II estaba en Cannes de vacaciones. La copia de esa memoria escrita por el cónsul la tengo aquí en Tánger en la oficina. Esta princesa estaba casada con el conde D’Eu de la familia de los Orléans. Los brasileros la odiaban, por cuanto el buen emperador era muy viejo, y temían ser gobernados por un extranjero a la muerte del emperador; por eso se proclamó la república.
El efecto de esa memoria fue lo siguiente: A las pocas semanas llegó a Iquitos una lancha de guerra brasilera y al fondear frente al puerto, se dirige la sanidad y la aduana, para instarla de abandonar. Les gritan: ¡Largo de aquí, el buque de guerra brasilero no recibe visitas! Esto es ya contado por vuestro padre, pues como he dicho arriba, yo ya no estaba en Iquitos. El capitán de la lancha de guerra y sus dos oficiales en gran uniforme, bajan a tierra y se dirigen a la prefectura y le dicen al gobernador: Venimos en nombre de nuestro gobierno para que nos entregue inmediatamente el capitán del vapor “Araguay”. El prefecto les dice: el capitán está en libertad provisional, pero sujeto a un proceso y está bajo las órdenes de un juez. Nosotros queremos al capitán y Uds. entiéndanse con el Juez. Se le dio completa libertad al capitán y se fue a Manaos en la lancha de guerra.
Aquí hago constar que el Perú, vecino del Brasil siempre está temiendo a dicha nación por ser más fuerte y el Perú una nación mucho más chica.
Pasaron unos cuantos meses, vino una orden de Lima destituyendo al prefecto, al subprefecto y algunos más, entre ellos el tal Benjamín Maya.
Desde esa fecha el consulado brasilero se estableció en Iquitos. Pasaron algunos años y el administrador de la aduana, que se llamaba “Melena”, muy amigo de vuestro padre, ya estaba retirado y residía en Lima. Escribió desde Lima una carta muy cariñosa a vuestro padre agradeciéndole un empleo que le habíamos dado a su hijo abordo de nuestro vapor “Preciada”, y le daba noticias de ese prefecto que estaba en un hospital de Lima, empobrecido y muy enfermo; le manifestó a Melena que estaba muy arrepentido de su acto con nosotros y el capitán del Araguay; que tenía malos consejeros y le llevaron a cometer esa imprudencia.
La carta de Melena a vuestro padre nos llegó a Tánger y Jacques se apoderó de ella y la tendrá guardada. Conserva dicha carta para que os enteréis siempre de lo que era vuestro señor padre.
Creo que aquí pondré punto final a esta memoria, pero antes deseo manifestar que si es verdad que mucha gente principia de la nada y llegan a hacer fabulosas riquezas, están en sus casas al lado de sus familiares y no sufren las penalidades como nosotros que hemos pasado tantos años en canoas. Gracias le sean dadas a la Divina Providencia que nos salvó de tantos peligros y nos trajo al lado de nuestra familia.
Muchas cosas curiosas se me van olvidando; recuerdo cuando entré en un lago de los que abundan en el Amazonas y sus afluentes, para pescar, puesto que la pesca en los lagos es más fácil que en los ríos que hay corrientes. Encontré un lago que no era muy grande, cuajado de patos, centenares de ellos, que fuimos cogiendo fácilmente con la mano, y ahogándolos en el agua; cogimos muchos, unos 30, no hemos querido más.
El que se atreve a entrar en el bosque ya sea para cazar o atravesar alguna región, que tome cuidado con las frutas que encontrará una gran variedad, que sólo comerá de ellas todas las que viera a los monos comer, las otras son dañinas y venenosas.
El ruido en el bosque ensordece; los monos gritan, los pájaros hacen un ruido terrible; el tigre añade su espantosa voz al concierto. A veces se ven nubes de pájaros cruzar el cielo en grupos de centenares o miles de ellos. Los periquitos, un pájaro chico, más chico que una paloma, es azul con la cabeza escarlata. Los papagayos, los arcuras, todos ellos chillando, un infierno de ruido. Hay un papagayo grande que no sé su nombre y que nunca lo he visto, que cada 6 horas de día y de noche, canta con una voz sonora; es un reloj cada 6 horas.
Bajando del Javary para dirigirme a Teffé uno de mis viajes y ya en el gran río Amazonas, quise pasar la noche en el puerto de una barraca en el camino. Amarré la canoa al puertecito, mis dos hombres que tenía para remar se fueron a dormir en tierra, y yo me quedé en la canoa. De madrugada oigo un gran choque de la canoa. Desperté sobresaltado y era que la canoa se había desprendido del puertecito. Eso y la corriente me llevó toda la noche bajando el río hasta que chocó con una cantidad de árboles que había en la orilla del bosque y allí se paró la canoa. Me apresuré a amarrarla a un árbol en el agua; en esto oigo un terrible ruido a mi lado que salía del bosque, y era una manada de jabalíes que pasaba de un lado a otro del bosque aplastando todo lo que encontraban en su camino, árboles chicos que derribaban a su empuje, ramas etc. Sólo resistían los grandes árboles; felizmente yo estaba en la canoa y no tenía nada que temer. Allí quedé esperando hasta más o menos las 10 de la mañana, hasta que aparecieron los dos remeros con el dueño de la barraca, que se dieron cuenta por la mañana y consideraron que la canoa bajaría el río por sí sola. Mis dos hombres embarcaron en mi canoa y el dueño de la canoa regresó a su casa en su montoria; así llaman a una canoa muy chica que rema un sólo hombre.
Hoy ’12 de noviembre de 1945
De vez en cuando me acuerdo de algún episodio de mi vida en el Amazonas. Estaba abordo de un vapor y entramos en lo que yo llamo el nieto del río Amazonas, es decir el Jurua, afluente del Amazonas, y el Rio sinho afluente del Jurua. Llegamos al último punto habitado por un cearense (hijo de la provincia de Ceará) que estaba establecido en una barraca con algún personal extrayendo la goma; allí teníamos que entregarle las mercancías que le mandaban del Pará y recibir a flete el caucho que embarcaba. Pernoctamos allí y por la mañana, el tal sujeto entregó al comandante del vapor una muchachita india de unos 12 años para que la llevara a su familia para servirle. Viramos de abordo y principiamos a bajar el río, ya de vuelta, cuando a la primera vuelta del río y en la primera plaza, vemos a más de un centenar de indios gritando, desnudos y armados de arcos y flechas; cayó sobre el vapor una nube de flechas que por milagro no causó víctimas; el vapor siguió bajando y a la siguiente playa paró y bajó a la muchachita y la desembarcó en la otra playa; ella ya se juntaría con los suyos. El comandante temiendo de las represalias de los indios sobre el cearense no quiso llevársela al Pará.
Aunque no tiene importancia ninguna para el lector y para ser verídico en todo, el nombre del hijo del prefecto de Iquitos es Narciso y no Nicanor como he dicho.
No me canso de pensar y admirar la maravilla más grande que he visto en mi vida, y es la playa de las tortugas.
La playa toda minada de huevos, que no había más de unos centímetros de un depósito a otro. Había tres depósitos de “menchones” como ellos llaman a ese trabajo y se extrajeron los huevos de uno y medio, y del resto salieron las tortuguitas y la corriente del río invadió la playa.
Un gran peligro de que escapé un día fue que uno de mis dos remeros de la canoa y yo, arrastrábamos la canoa con un cable por la playa, siguiendo la corriente del río; el otro remero en la proa con un largo palo apartaba la canoa de la playa para que no encallase; así subíamos el río con más rapidez que remando contra la corriente; en esto que andábamos por la playa vemos no lejos de nosotros a una vaca que había bajado de la barraca en el bosque, para beber en el río; la vaca se hundía en la arena y en pocos momentos desapareció; pues si no vemos esto delante de nosotros corríamos la misma suerte, pues son arenas movedizas que no hay nada que le salven a uno, pues por más esfuerzo que haga uno por salir, más se hunde. En el índice de la mano derecha conservo aún un callo del efecto de haber remado la canoa.
Aunque no tiene ninguna relación con éstas mis memorias, os citaré un caso chistoso para haceros reír, con un pícaro de los nuestros que se llamaba Jacinto Benatar, que yo he conocido; era sabiondo y sabía más que Lepe “Lepijo” y su hijo estaba establecido en un poblado que se llama Brebes cerca del Pará; allí tenía su tenducha. No sé qué falta cometió que el jefe de la policía, que era un teniente, mandó a un policía a prenderle. Al presentarse el policía, lo recibió de mala manera y le dijo: Dile a tu jefe que ni tú ni él pueden prenderme; hay una ley en el Brasil que un inferior no puede prender a un superior, es necesario que sea del mismo grado o superior. El policía le dice ¿Por qué no podemos prenderte? Jacinto le dice, ya vas a ver por qué ¡Jámila – la mujer -, trae la ketubá! Aparece la mujer con el pergamino y le dice al policía, por esto; lo cogió entre sus manos, vio muchas letras doradas y muchas pinturas, le dio muchas vueltas, y se lo devolvió diciéndole que no entendía nada de lo que dice aquí. El tal Jacinto le dice: Ni falta hace que lo entiendas. Esto es mi nombramiento de coronel en mi tierra, y ahora corre y díselo a tu jefe y que venga a pedirme perdón. El otro no fue de los perezosos y le dice a su teniente “en buena nos hemos metido”. ¿Como coronel? ¡Sí mi teniente, como que he tenido en mis manos su nombramiento!
